La defensa de los animales. Razones para un movimiento moral


Artículo publicado con la expresa autorización de su autora
Marta Tafalla

¿Cuántos animales usamos a lo largo de un día?

Propongo al lector que realice el siguiente ejercicio mental: que a lo largo de toda una jornada, mientras lleva a cabo las tareas cotidianas en su casa y el trabajo, cuente el número de animales que utiliza como instrumentos. Quizás la primera reacción del lector sea responder que quien no posee mascotas ni bueyes para arar el campo no utiliza ningún animal. Pero eso no es cierto. A lo largo de cada uno de los días de nuestra vida, todos los miembros de nuestra sociedad, con la única excepción de los veganos más radicales, utilizamos como nuestros instrumentos a un gran número de animales de las más diversas especies. Los usamos como alimento. Es su piel la que vestimos en cazadoras, calzado, bolsos, cinturones y hasta en la correa del reloj, su lana la que llevamos en nuestros jerséis. Los productos de la higiene personal, los medicamentos y los productos de limpieza han sido testados en sus cuerpos para comprobar su toxicidad, en algunos casos haciéndoselos ingerir hasta provocarles la muerte. Algunos avances médicos, y también algunos retrocesos, se han producido experimentando con ellos. Por no hablar de la experimentación militar, que los emplea para testar nuevas armas en estudios que financiamos con nuestros impuestos. Muchos miembros de nuestra sociedad los utilizan para divertirse, asistiendo a corridas de toros, peleas de perros o gallos, saliendo de caza, de pesca, llevando a sus hijos al circo o al zoo. O viendo una película protagonizada por un chimpancé al que algunos desalmados arrancaron de su hábitat, enseñaron a golpes a actuar como un payaso, y después de una vida de explotación tendrá suerte si es acogido en algún centro de recuperación de animales. O yendo de safari fotográfico a parques supuestamente naturales, y donde en realidad se está librando la postrera batalla por someter a las últimas especies salvajes del planeta a la administración humana.

Para la mayoría de miembros de nuestra sociedad, los animales son objeto de propiedad, instrumentos para los fines humanos, que podemos usar según nos plazca y sin tener que rendir cuentas a nadie. Y en muchos casos, aquellos que utilizan directamente a los animales para obtener de ellos alimento, conocimiento o diversión, se consideran legitimados no sólo para utilizarlos durante toda su vida y finalmente matarlos, sino también para tratarlos con crueldad, puesto que una mera herramienta no posee derechos, ni autonomía, ni dignidad, ni merece ningún respeto. Y dado que los animales carecen de voz para poner nombre a su dolor y protestar contra él, no es difícil ignorarlos. Los animales no tienen forma de defenderse del mal que les causamos, y es por ello que algunos seres humanos han decidido prestarles su voz y buscar caminos para protegerlos de nosotros mismos.

El movimiento por la defensa de los animales

El movimiento por la defensa de los animales surgió en los años 70 en los países de habla inglesa, y rápidamente se extendió por todo el planeta. Este movimiento se alimenta de una tradición muy antigua, que abarca desde la compasión budista hacia todos los seres vivos, hasta el vegetarianismo de Pitágoras o Empédocles, las protestas de Plutarco contra el circo romano o la convicción de San Francisco de Asís de que los animales son nuestros hermanos. Se nutre también muy especialmente de la Ilustración, de las ideas de una época que luchó por los derechos humanos al tiempo que pedía el cese de la crueldad contra los animales en las voces de Bentham, Hume, Voltaire, Rousseau o Kant. Pero más allá de esta tradición milenaria, el movimiento que surge en los años 70 para defender a los otros animales, responde tanto a problemas nuevos en la historia de la humanidad como a una nueva conciencia social.

El gran problema que provocó la aparición de este movimiento fue que el maltrato a los animales, que ha existido siempre, adquirió durante la segunda mitad del siglo XX dimensiones nunca antes conocidas. Cuando los nuevos sistemas de producción industrial se aplicaron a la ganadería, la práctica totalidad de la cría tradicional de animales fue substituida por granjas industriales donde los animales son producidos por miles, donde permanecen encerrados durante toda su vida sin espacio para poderse mover, sin salir nunca al aire libre, sin mínimas condiciones higiénicas, sin que nadie retire sus excrementos y siendo atiborrados de antibióticos. Confinar un número tan elevado de animales en esas condiciones pésimas, no sólo provoca grandes sufrimientos a los animales, sino que es también la causa de las crisis de la fiebre aftosa, las vacas locas o la gripe del pollo. Al mismo tiempo, durante la segunda mitad del siglo XX se multiplicó el número de animales utilizados en la experimentación, al ritmo en que crecía el número de universidades y laboratorios privados y la competencia entre ellos, y entraban en vigor criterios cada vez más cuantitativos para evaluar la excelencia de los centros de de investigación; un aumento que generó además el lucrativo negocio de las empresas que crían animales de laboratorio y que producen ratones diabéticos o genéticamente manipulados para que desarrollen cáncer. A la vez que el número de animales maltratados en nuestras ciudades aumentaba hacia cifras nunca antes conocidas, comenzaba a incrementarse también el número de especies salvajes en peligro de extinción, a causa de la caza indiscriminada, la destrucción de sus hábitats, el tráfico ilegal de especies, o la forma en que les afectan nuestras guerras, la contaminación y el cambio climático. El siglo XXI se ha iniciado con más de 15.000 especies en peligro de extinción y la amenaza de una extinción masiva. Esta nueva situación demandaba una solución nueva.

La nueva conciencia social que amparó la fundación de este movimiento se forjó en los años 60 y 70. La aparición de movimientos ecologistas, pacifistas, en defensa de los derechos civiles, contrarios al racismo o feministas, y la creación de buena parte de las grandes organizaciones no gubernamentales que tanto protagonismo tienen hoy en día, desde Amnistía Internacional a Greenpeace, fueron la inspiración directa del movimiento animalista. Es importante subrayar que el movimiento por la defensa de los animales no libra una batalla en solitario por una cuestión muy específica, sino que se integra en un movimiento más amplio por una sociedad menos violenta, animado por la convicción de que una sociedad no será justa si conserva espacios donde la crueldad sea legal, aunque sea crueldad contra los animales. Como ya advertían santo Tomás de Aquino o Immanuel Kant, la violencia contra los animales nos endurece el corazón, y puede llevarnos finalmente a tolerar o incluso a ejercer la violencia contra las personas.

¿Cuál es la filosofía de este movimiento?

La idea fundamental que guía el movimiento por la defensa de los animales la expuso Darwin hace un siglo y medio en su libro El origen del hombre: ampliar el círculo de la consideración moral para que proteja a todo aquél que pueda sufrir y al que podamos hacer sufrir. De hecho, toda la historia de la humanidad puede leerse como una larga lucha para ampliar el círculo de la moral más allá de la propia familia, la tribu o la nación, superando las barreras del racismo y el sexismo, hasta unir a toda la humanidad en él, como Darwin esperaba que sucedería y como finalmente proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Pero hoy nos queda todavía una última barrera por superar: la del especismo, la explotación de las otras especies.

Más allá de esta idea que vertebra todo el movimiento, existe una gran pluralidad de razones por las que diversos filósofos e intelectuales creen que deberíamos realizar esa ampliación del círculo moral. Y aquí encontramos desde la ética utilitarista y sin metafísica de Peter Singer, o la propuesta de Tom Regan de conceder derechos a los animales, hasta la noción de sacralidad de la vida y de respeto a todas las especies de Albert Schweitzer. Encontramos desde la compasión por los animales, inspirada en la visión pesimista y trágica de Schopenhauer, hasta la más alegre simpatía hacia las otras especies propuesta por Hume. En este sentido, es un movimiento tan rico en razones como la misma vida que intenta proteger.

¿Cuáles son sus propuestas prácticas?

También en las soluciones que este movimiento ofrece existe una gran variedad, que puede ordenarse entre dos extremos. La posición revolucionaria es la que reclama la liberación animal, es decir, dejar de utilizar a los animales como instrumentos. La posición reformista es el bienestarismo, que acepta que la sociedad siga utilizando animales, pero busca fórmulas para reducir la crueldad. Entre ambas existen, por supuesto, muchas posiciones intermedias.

Por poner un ejemplo, uno de los ámbitos en los que se usan y matan más animales es la industria de la alimentación. Los bienestaristas aceptan la cría de animales como alimento, pero piden el desarrollo de una ganadería ecológica, donde los animales lleven vidas dignas antes de morir. Cierto es que eso encarece la carne, pero también que para la salud humana es preferible consumir menos carne y de más calidad. En esta demanda se les une el movimiento ecologista, puesto que la cría industrial de carne en los países ricos tiene un gran coste energético y es altamente contaminante. Sin embargo, los liberacionistas dan un paso más allá, e inspirados por culturas como la budista asumen con el vegetarianismo una forma de alimentación que no exige la muerte de animales.

Otro ejemplo lo encontraríamos en la experimentación biomédica con animales. Los bienestaristas, en busca de un equilibrio entre la protección de los animales y el avance de la medicina, defienden la estrategia de las tres R: reducir el número de animales empleados en cada experimento, reemplazarlos siempre que sea posible por métodos alternativos, y refinar los métodos para que el animal sufra lo menos posible. Los liberacionistas, en cambio, rechazan todo uso de animales en laboratorios.

Poniendo nombres en el mapa

Entre los impulsores de este movimiento, hay que comenzar citando a Peter Singer, cuyo libro Liberación Animal continúa siendo la mejor obra filosófica escrita sobre el tema. Tres mujeres, Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas, llamaron la atención hacia la gravísima situación de los grandes simios. Recientemente, el premio nobel de literatura J. M. Coetzee ha plasmado buena parte de las ideas de este movimiento en sus novelas Desgracia, Las vidas de los animales o Elizabeth Costello. La película documental Earthlings, del director Shaun Monson, es problamente la mejor puesta en imágenes de estas ideas. Y en España hay que destacar la labor de dos filósofos, Jesús Mosterín y Jorge Riechmann.

En el mapa de las grandes asociaciones internacionales por la defensa de los animales destacan la americana PETA, People for the Ethical Treatment of Animals, o el Proyecto Gran Simio, mientras que en España existen organizaciones menores pero muy exitosas como la Fundación Altarriba. El Partido para los Animales de Holanda acaba de conseguir dos escaños en el parlamento holandés, y se ha convertido en el modelo para el partido inglés Animals Count o el español PACMA, Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal. En el mundo académico, se ha fundado recientemente en la Universidad de Oxford el centro de investigación The Ferrater Mora Oxford Centre for Animal Ethics. Y en nuestro país se ha creado este mismo año AIUDA, Asociación Interuniversitaria para la Defensa de los Animales, con sede en el Instituto de Filosofía del CSIC y presidida por Montserrat Escartín.

 

Publicado en la Revista Cultural Crítica de Madrid. Monográfico sobre movimientos sociales en el Siglo XXI, Número 941, Año LVII, Enero de 2007


Marta Tafalla González

Nací en Barcelona en 1972, de familia materna gallega y paterna aragonesa, y crecí en Badalona. Estudié Filosofía en la UAB, mientras trabajaba como voluntaria para Amnistía Internacional. Me licencié en 1995, y de 1996 a 1999 fui becaria FPI, período en el que realicé estancias de investigación en las universidades de Freiburg, Bamberg y Münster, y cursos complementarios en la universidad de Heidelberg. El año 2000 comencé a trabajar como profesora asociada en la UAB, y durante tres cursos impartí también clases en el Colegio Alemán de Barcelona. En 2002 me doctoré en Filosofía con una tesis sobre Theodor W. Adorno que fue publicada como libro: Theodor W. Adorno. Una filosofía de la memoria (Herder, 2003). En 2004 realicé una estancia postdoctoral como becaria DAAD en la universidad de Potsdam, y en 2006 en la universidad de Londres, gracias al programa de sabáticos junior de la UAB y a una beca BE de la Generalitat. En 2011 recibí el premio Aposta para jóvenes investigadores de la UAB por el proyecto Olfato y anosmia en la apreciación estética.
Desde 2008 soy profesora agregada (contratada doctora) en el Departamento de Filosofía de la UAB, y compagino la investigación y la docencia con la creación literaria.

 

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